La noche prometía un deleite vedado. Ella, con un físico que provocaba al pecado, conocía que esta vez sería distinto.
Su mirada desafiante procuraba la complicidad en la penumbra.
La habitación se colmó de una expectación palpable. El inicial roce, un primer ósculo, avivó la llama que dormía en su interior.
Sus extremidades exploraban cada centímetro de su piel, en tanto sus suspiros se unían en la oscuridad.
La pasión se desbordó, carente de límites, carente de frenos. Cada gesto resultaba una súplica al deleite más íntimo.
Sus cuerpos se entrelazaban, constituyendo una única silueta en la oscuridad. Los momentos de éxtasis se sucedían uno después de otro.
El transpiración tapaba sus cutis en tanto los suspiros aumentaban en fuerza. No había vuelta atrás.
Resultaba una donación total, sin restricciones, sin miedos. Solo había el deleite del momento.
Al final, exhaustos pero satisfechos, sus cuerpos quedaron juntos en un mutismo lleno de intimidad. 